Dirigida por James Mangold, Estados Unidos, 2007.
Nunca me han gustado los westerns: un escenario árido, hombres luchando contra una naturaleza hostil, una rubia desgraciada barriendo un porche y cocinando bizcocho para sus pequeños, y un malo muy malo que se cruza en el camino y te destroza la vida. Nunca he podido identificarme con sus personajes.
Sin embargo, me ha gustado esta película. No por la identificación, que tampoco se ha producido, sino por la fascinación que provoca Ben Wade. Un forajido que, creemos, podría haber escogido otro destino, pero del que luego sabremos que no tuvo elección (él mismo aclara que es tan malo como todos los que le rodean, pues si no no hubiera durado ni cinco minutos con ellos, y así lo demuestra en la última escena, donde su concepto de lealtad se altera de forma comprensible, y a la vez, tremendamente dura). Interesante también, aunque algo menos carismático, es Dan Evans, el granjero que lucha contra mil adversidades, y que acepta escoltar junto a varios hombres a un peligroso forajido hasta el tren que debe llevarlo a la cárcel. Wade, que percibe que Evans es mucho más de lo que ven aquellos que los acompañan, asiste (y colabora) en la reconstrucción moral de Evans, que se va convirtiendo en el líder indiscutible del grupo, y que termina este viaje cambiado: recupera la esperanza, se granjea la admiración de su hijo, saca a su familia adelante, deja de ser una víctima y actúa para que las cosas sean como cree que deben ser.
Finalmente, lo que mueve a ambos hombres es llevar a último término las decisiones tomadas, asumir sus consecuencias, representar ambos los papeles que escogieron, comprender y asumir, al mismo tiempo, su mediocridad y su grandeza.
Dos hombres, contrapuestos, similares, marcados por la tragedia, en medio de ninguna parte.
miércoles, 1 de octubre de 2008
El tren de las 3:10
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Christian Bale,
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