domingo, 9 de noviembre de 2008

TRANSSIBERIAN

Brad Anderson, 2008.

Roy y Jessie, estadounidenses, utilizan el transiberiano para llegar a Moscú. En el tren conocen a otra pareja, Abby y Carlos, con la que traban amistad. Carlos, provocador, carismático, despierta el lado oscuro de Jessie, que abandonó su pasado de chica mala gracias a Roy. Cuando Roy pierde el tren en una de las paradas y Jessie decide esperarle en la siguiente estación, Carlos y Abby se ofrecen a acompañarla. A partir de ahí, culpabilidad, mentiras, corrupción y tortura en una pesadilla blanca de la que no se puede despertar.

Tiene algo en común con "Antes que el diablo sepa que has muerto" (y tantas otras): esa fascinación por encontrar el instante en que una vida normal se tuerce, en recrearse en una vida que podría haber sido diferente pero que el azar, o un mal paso, han echado a perder. Pero en este caso, ¿es verosímil? Porque tiene un punto forzado: todos sabemos dónde se está metiendo Jessie. Y aunque comprendamos que caiga, ¿puede llegar tan lejos? El guión genera situaciones inverosímiles para terminar con un final que no está a la altura.

No me convence la elección de Emily Mortimer para el papel de Jessie. No he podido disociarla de la cuñada de Lars ("Lars y una chica de verdad", fantástica), no me la creo como chica dura, adicta a todo, que encuentra la segunda oportunidad con un buen chico religioso. Woody Harrelson está bastante gris, pero me temo que el personaje no daba para más. Sin embargo, me gusta mucho Eduardo Noriega (aunque no lo compartáis, está muy logrado su papel de fanfarrón vulgar) y como no, Ben Kingsley, que puede hacer lo que quiera, porque con sólo mirar este hombre transmite lo que desee. Qué grande es.

No la recordaremos para siempre, pero no está mal. Yo todavía me estremezco pensándome descalza en ese desierto de hielo...

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