sábado, 24 de enero de 2009

Revolutionary road

Diversidad de opiniones. Una noche fría, comida copiosa aún por digerir, uno de esos cines grandes que enmarcan nuestros recuerdos.

Larga para el flanco izquierdo, un punto soporífera para el derecho. Para mí, soberbia. Sólo le sobra tristeza, la desazón de que no hay salida, de que no podemos luchar contra el destino.

Se encontraron. Se quieren. No es suficiente, pero no saben qué les falta. ¿Cómo luchar contra el enemigo invisible? Qué es más ingenuo: tratar de sobrevivir en un ambiente opresivo, "irremediablemente vacío", sabiendo que el tiempo pasa y desperdiciamos nuestra vida, o pretender que se puede salir del círculo, persistir en la esperanza de que algo puede ser distinto, romper las barreras y jugarse la seguridad y el abrigo venciendo el miedo a fracasar. Y ese es el secreto: que todo es irremediable, que ninguna de las opciones puede servir porque no hay forma de escapar del fracaso.

Un punto común: fantástico ese loco, que lleva siglos diciendo las verdades, el único que les comprende o el único que consigue crisparles. Él demostrando que se puede sobrevivir a la fama, que detrás del adolescente perpetuo hay un gran actor que merece ser reconocido. Y ella, fantástica, como siempre; ella, apuesta segura, nunca falla. Sam Mendes muy bueno, jugando con la música y el silencio, la quietud y el movimiento, las casas rancias, los bosques abiertos. Los primeros planos de las caras cansadas y grises. El amigo que entiende, que sufre, llora cuando está solo y lleva café al protagonista, consciente de que sólo es un secundario en esta historia, aunque tenga su drama y lo silencie evitando hablar de ello. La mujer que sonríe al sofá de enfrente, lleva el vestido feo, llora en el dormitorio. Y varias veces, ese "no llores, todo se arreglará", aunque sea mentira.

¿Irremediablemente mentira?

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